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pielazulina

mientras habla,
una esfera
de pielazulina
se descomprime con soplos y gotas,
para recrearse en el horizonte
de las manos

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aprendiendo

¿somos árboles

aprendiendo a caminar?

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colexiudad

suena la ciudad

en el colectivo,

toman un desvío,

silencio

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lo im pronóstico

los perfumes
los canelones
la música
las noches de septiembre
la cerveza por dos
el arroz
las aceitunas
la vida viviendo
lo espontáneo en perros
el viento que narra
el frío también
las caminatas
las lunas compatibles
la memoria
el escribir sin frenar
este día
la intriga cósmica
el misterio
el río cerquita
los besos largos
los viajes sorpresivos
la nostalgia
esta lapicera
los cuadernos guardados
el disfrute
la lágrima necesaria
lo impronóstico
el aguacero
el placer

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alguien canta

conversan las raíces

filosofía subterránea

y teoría de los túneles.

 

las vetas delgadas del viento

disfrutan las pausas

y continúan su sofisticado trance

por venas imperceptibles,

aquellas donde burbujean

pasiones,

puñados de historiales

y donde la libre vivencia

alza la sonrisa

y descalsa,

canta

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despertarse no es saltarse

despertarse no es saltarse,

es moverse nuevamente entre sonidos tangibles,

en la dimensión junto a otros,

en un beso,

hacia más tiempo

después

el sueño,

durmiendo,

más le sigue el día

otra

y seguida vez.

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agostiano

dedica un fragmento,

con la sorpresa de una canción.

busca más allá de las cuadras

y encuentra espirales para regalar.

 

sol de agosto dame frescura

quiero apreciar tu canto,

tu canto.

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lo que vibra

Él se acercó, frenándose a metros. La vereda no estaba delimitada pero se mantuvo prudente a 6 o 7 metros de distancia.

La casa vibraba, movilizaba el piso. Quizás guardaba el registro de un temblor o contenía en su memoria los movimientos de la tierra. O estaba liberando algún llanto profundo y extendido.

La casa sola, aislada, sin vecindad.

Fue a visitarla durante toda una semana. Observó, exploró, intentó saber que terrenales misterios sucedían en ese hogar, en sus adentros, en su intimidad. Durante aquellos días, pensó y pensó en la vibración. Y al consultar la historia supo que la habitaba un pianista, fallecido luego de un concierto de poca convocatoria pero a sala llena, a calor lleno. Cuentan, en el corazón un golpe profundo de vida le invadió lo completo de su ser.

Con ese conocer y con algunos otros datos comenzó a suponer hipótesis de aquel temblor que irradiaba a metros largos de circunferencia. Suponía y para frenar el suponer, decidió entrar.

Al octavo día amaneció en lo temprano temprano del día y salió. Lo esperaban unos dos kilómetros a pie. Llegó, no lo dudó y fue directamente a la puerta, el piso no permitía una buena estabilidad, casi a los mareos. Tomó el picaporte y entró. No existía una llave, tampoco candados. El miedo lo había controlado y palpitaba asombro y vértigo. A los primeros tres pasos se cayó sin lamentar ningún grave golpe. Se levantó y siguió. La vibración se prolongaba y se intensificaba cerca de una habitación. Fue hacia ella, simplemente se asomó, no se veia vestimenta de puertas. Finalmente o no tan finalmente, lo encontró. Ahí estaba, ahí estaba el piano, el piano.

Le invadieron las ganas de llorar, sentía el vibrar como un lamento. Logró llegar hasta la banqueta. Se sentó. Se mantenía estable. Respiró profundisimamente y sin conocer las teclas, los colores, las notas, dió su apertura musical tocando. Dejaba caer sus dedos libremente, intuitivamente, como quien suelta hojas en el suelo o pinceladas en el blanco. Al hacerlo, le apasionaban, le encantaba la floración de melodías. Jamás había tenido la posibilidad de abanicar sonidos en un piano. Mientras tocaba desde el corazón, el piano de cola, boca, brazos y alma, se calmaba y dejaba de vibrar. ¿de lamentarse?

Luego, durante semanas, meses, años él siguió tocando amando a ese piano. Compuso canciones, arreglos, mundos sonoros. Se enamoró, se enamoraron, existia la reciprocidad. La casa se transmutó en poco tiempo en un espacio cultural, donde se respiraba un ambiente agradable y armónico y no un temblor incómodo, molesto. Un molesto temblor.

Entonces, nadie más preguntó que fue del pasado, ya no interesaba.

Se acercaban a disfrutar los conciertos, los encuentros de poetas, cuentistas, músicas, pintores, pintoras.

La casa recorrió el mundo sin moverse de su sitio. ¡Ay esa capacidad envidiada por algunos seres humanos.

Visitas y visitas. Llegadas. Casa cultural, museo, pasado y misterio.

Transcurrieron más de tres decadas.

Una mañana muy temprano, como de rutina, se levantó para estudiar y tocar el instrumento. Llegó al hogar, luego a la habitación, se asomó y ay que dolor! Que angustia! No estaba, no estaba. Lloró, gritó, buscó, lo llamó y no apareció. A ese piano se lo habian llevado. Al dimensionar la ausencia, la tristeza lo achicó frente a la existencia y la casa comenzó a vibrar nuevamente. Él decidió acostarse y dormirse unas horas.

Esa misma noche, el pueblo dejó de frecuentar el lugar. Se alejaron. Solamente apareció una mujer, una mujer que se desveló. Aquella casa vibrante, la intigra, lo misterioso. Ella se mantuvó prudente a 6 o 7 metros de distancia.

Al reaparecer el sol del despertar, decidió aventurarse hacia la puerta y entrar,

amando su decisión.

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mundo para dos

En un mundo brotó la savia del día y en aquel otro mundo brotó la savia de la noche. Sin ser aquella acostrumbrada dualidad figurada y ejemplificada tantas otras veces, donde se encuentran polos polarizados, sin complemento y con un lento pasar.

En verdad, era una esas tantas veces en que el río vuelve al mapa, regresando a los dibujos dactilares de los mundos.

En uno, está claro, encontró aquellos líquidos, aquellas sustancias de la luz, concentradas y por momentos volátiles.

Vió pájaros de ala de edad y aguas cóncavas.

Pero a decir verdad, más verdad que la anterior, él nunca llegó a ese otro aquel mundo, tampoco sabemos si existió, si lo estoy inventando o si es que habitan y brotan savias de lo nocturno. No lo sabemos.

El recuerdo concreto y segurísimo es que en mundo no brotó la savia del día y en aquel otro mundo tampoco brotó la savia de la noche.

Pero si brotaron vertientes a ambos lados, de días y nocturnos, de oscuridad y de luces.

Solo fueron unidad, partes componiendo secretos. Sin fracciones, en un mundo para dos y para miles, millones.

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de Bruno a Cipriano

Una pregunta Cipriano, ¿Usted siempre escribió en paralelo a las piedras?

-¿Que dices Bruno? ¿en paralelo a las piedras?

No comprendo a que te refieres, ¿que clase de paralelismo es éste Bruno?

Además bien sabemos que las piedras no escriben, ni pronuncian palabra alguna.

Y otro además es que yo escribo en perpendiculares al Oxigeno, con una oscilación de 65 kilómetros hacia el Este y con un promedio térmico de 22 grados.

Por todo lo expuesto, no entiendo tu pregunta pero… que gratificante nuestro inusual y espontáneo encuentro.

Y antes de irme le hago una pregunta Señor Bruno, ¿usted siempre escribió en oblicuas al mineral?